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El soñador foráneo

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Recuerdo que de niño tocaba la cama de mis papás y en cuestión de segundos, como por arte de magia, me quedaba dormido. No importaba la hora, el clima, mis energías, mi ánimo... No importaba nada. Esa cama, solo con tocarla, me llevaba de inmediato a soñar, quizás -ahora que me detengo a pensarlo un poco- por que para eso también deben estar los papás: para invitar a sus hijos a soñar. 

Amor de tren

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Todos los días, a la misma hora y en la misma estación, Ofelia abordaba el tercer vagón del tren rumbo a su oficina, ubicada al otro lado de la ciudad y a la que llegaba finalmente tras casi dos horas de viaje. Al igual que ella, cuatro estaciones luego de que Ofelia se subía al tren, abordaba, el mismo vagón pero por otra puerta, un joven que desde el primer día que lo detalló le pareció apuesto e incluso un tanto intelectual, por lo que, de inmediato, le generó curiosidad. O misterio, nunca terminó de descifrarlo. Desde ese día, la historia se repitió incesablemente. Y aunque en Ofelia persistía esa curiosidad o ese misterio por conocerlo, y a que en ocasiones sentía que a aquel joven le sucedía algo similar con su presencia, nunca se decidió a recorrer esos pocos pasos que la separaban de él. El joven tampoco lo hizo.

Doblegado ante el papel

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Intentar dormir temprano ya no tenía sentido alguno, y el cuerpo lo sabía. Aunque habían pasado ya no sé cuántos días viviendo la misma situación, la esperanza, como suele decirse, es lo último que se pierde. O al menos eso quiso creer hasta que no tuvo más remedio que resignarse, y claro, perderla. Días y días, semanas y semanas... Incluso, meses y meses pasaban y la costumbre de dormir sin mucho esfuerzo, estaba, vaya paradoja, totalmente ausente. A dónde se había ido, se preguntaba ocasionalmente antes de llegar a una que otra respuesta, aunque absurda, un tanto filosófica. 

Voces nocturnas

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Una noche cualquiera, inesperadamente y estando tirada en su cama, comenzó a escuchar murmullos que no sabía de dónde provenían. Preguntó en voz alta si era su madre, pero rápidamente recordó que la noche ya estaba avanzada y que su mamá se encontraba dormida en su habitación. Luego de un breve periodo de tiempo en silencio, ya pensando solo en descansar, el murmullo volvió a presentarse y aquella muchacha tímida comenzó a angustiarse por no saber de dónde provenía aquel ruido de voces incomprensibles que no la dejaba dormir.  Así le ocurrió un par de veces más. Entonces, llena de intriga y a la vez un poco asustada, se quitó la cobija de encima, puso los pies en sus chanclas y camino a la habitación de su mamá. Desde la puerta, ya visiblemente más atemorizada, preguntó si su madre estaba despierta. Una vez mas, no recibió respuesta y entonces volvió a su cuarto.

Su refugio

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Al levantarse, el día parecía normal. Tras pararse de la cama y salir de su habitación, la rutina, una vez más, comenzaba. Un sorbo de refresco para despertar un poco, luego un baño de agua fría para terminar de abrir los ojos y, minutos después, el ejercicio de vestirse con las prendas elegidas desde la noche anterior y un suéter azul que encontró y se vistió con un poco de su acostumbrado afán. Luego del respectivo cepillado de dientes y la despedida, con bendición a bordo, de papá y mamá, tomó el autobús que lo llevaría al colegio, donde esperaba sentirse diferente, distraído, con más ánimo y energía en aquel frío día, consecuencia del temprano horario de sus clases.

Diálogo sobre la luna

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En aquella noche de miércoles la luna estaba esplendorosa, perfectamente redonda a la vista humana -quién sabe si en realidad lo estaba- y brillante a más no poder, o al menos eso parecía, quién sabe si realmente no podía brillar más. Sin embargo, colgada en el firmamento, su presencia pasaba desapercibida para quienes no se detienen a ver las pequeñas cosas que, a diario, ofrece la vida. De pronto, en un balcón de un calmado barrio, la curiosidad de un par de niños hizo que la noche no acabara sin que la belleza de la luna fuera notoria, aunque fuera tan solo un poco. Uno de aquellos niños, con la cualidad natural de esa etapa de fijarse en pequeños detalles y la inocencia característica de cualquier infante, le preguntó a su abuelo si en un cohete sería posible llegar a la luna y caminar en ella.

Una historia de pelos

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No eran ni las ocho de la noche y su ánimo, después de un día hasta entonces normal, comenzaba a decaer como consecuencia de un descuido que le obligó a quedarse, al menos hasta el día siguiente, sin teléfono celular. El descuido, en principio uno más de los que acostumbra a tener, lo llevaría sin prisa a la peluquería, luego de una hora en la que intentó, sin mucho éxito, despejar su mente y dejar atrás su frustración haciendo ejercicio.