Todos los días, a la misma hora y en la misma estación, Ofelia abordaba el tercer vagón del tren rumbo a su oficina, ubicada al otro lado de la ciudad y a la que llegaba finalmente tras casi dos horas de viaje. Al igual que ella, cuatro estaciones luego de que Ofelia se subía al tren, abordaba, el mismo vagón pero por otra puerta, un joven que desde el primer día que lo detalló le pareció apuesto e incluso un tanto intelectual, por lo que, de inmediato, le generó curiosidad. O misterio, nunca terminó de descifrarlo. Desde ese día, la historia se repitió incesablemente. Y aunque en Ofelia persistía esa curiosidad o ese misterio por conocerlo, y a que en ocasiones sentía que a aquel joven le sucedía algo similar con su presencia, nunca se decidió a recorrer esos pocos pasos que la separaban de él. El joven tampoco lo hizo.