Aún hoy recuerdo, después de tanto tiempo, la primera tarde en que te vi. Bastó un cruce de miradas para despertar una certeza difícil de explicar : quería saberlo todo de ti. Coincidir contigo, en medio de una rutina apurada, no me pareció un accidente. Ese instante tuvo algo distinto, algo que me empujó —contra mi costumbre— a acercarme. Las manos me temblaban; apenas te había visto y ya lograbas desordenarme.