La chica del parque


Aún hoy recuerdo, después de tanto tiempo, la primera tarde en que te vi. Bastó un cruce de miradas para despertar una certeza difícil de explicar: quería saberlo todo de ti.

Coincidir contigo, en medio de una rutina apurada, no me pareció un accidente. Ese instante tuvo algo distinto, algo que me empujó —contra mi costumbre— a acercarme. Las manos me temblaban; apenas te había visto y ya lograbas desordenarme.

Te pedí permiso para sentarme a tu lado. Aceptaste con una sonrisa tímida, mientras organizabas disimuladamente tu cabello. Saqué un libro y fingí leer mientras buscaba la forma de hablarte, inventando excusas que nunca llegaron a concretarse.

Al final fuiste tú quien rompió la distancia. Me invitaste a caminar por el parque y, tras unos minutos de silencio, la conversación empezó a fluir con una naturalidad inesperada. En poco tiempo, la sensación era clara: nos conocíamos de antes.

Dimos varias vueltas sin notarlo, envueltos en una charla que parecía no querer terminar. Pero tuve que irme. Una cita impostergable me arrancó de ese momento. Me fui a medias, con prisa y con la sensación de estar dejando algo inconcluso.

Solo después entendí el error: no pedí tu contacto. Desde entonces vuelvo a ese lugar, aferrado a la idea de que algunas coincidencias merecen una segunda oportunidad. Y mientras tanto, sigo hablando de ti como la chica del parque.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Honro nuestra historia

Condenado a escribirte

A quien inspira