Ecos de un sueño
Al despertarme, después de interiorizar que sí fuiste tú la mujer a la que acaricié tan placenteramente en aquel sueño, quise entender el motivo por el cual volviste a aparecer en mi mente. No lo hallé, pero después de unos minutos tampoco hizo falta descubrirlo.
Al abandonar mi cama por completo, quise correr a contarte que, de alguna manera, te tuve de nuevo para mí. Logré, sin embargo, contener mi deseo. Lo hice porque, conociéndote, sabía que después vendrían muchas preguntas, preguntas que no sabía si estaba dispuesto a contestarte.
Esa falta de preparación para responder a tu inminente interrogatorio, mezclada con la poca necesidad que creí —casi con absoluta certeza— que tenía de contarte que te soñé, terminaron por detenerme más rápido de lo que incluso yo mismo hubiera podido llegar a pensar.
Entonces continué con mi día pretendiendo, después de haber disfrutado el verte en mi sueño, dejarlo atrás. Lo logré, hasta que la noche, como es ya tan común, me volvió a poner vulnerable ante tu recuerdo. Tan vulnerable que aquí me tienes, de nuevo, escribiéndote una carta más que nunca te enviaré.

Comentarios
Publicar un comentario