El soñador foráneo
Recuerdo que de niño tocaba la cama de mis papás y en cuestión de segundos, como por arte de magia, me quedaba dormido. No importaba la hora, el clima, mis energías, mi ánimo... No importaba nada. Esa cama, solo con tocarla, me llevaba de inmediato a soñar, quizás -ahora que me detengo a pensarlo un poco- por que para eso también deben estar los papás: para invitar a sus hijos a soñar.
El caso es que esa cama, de madera fina y colchón común, funcionaba incluso cuando sufría los peores insomnios que pueda recordar. Horas y horas después de dar vueltas en mi habitación, sin la más mínima señal de sueño, la única solución real que encontraba era esa: mudarme, cual niño sin hogar y sin importarme ya nada, a la cama de papá y mamá. Lo hacía por pura intuición -y quizás necesidad-; no me preguntaba nada sobre el fenómeno. Lo único que quería era dormir y si allí lo lograba, para mí era suficiente.
En medio de esos traslados de cama en busca de conciliar un sueño que en muchas ocasiones -fuera de tarde o de noche- y por diversas razones no encontraba en mi habitación, el tiempo fue pasando. Así, de lo más natural, muchas cosas en nuestras vidas cambiaban y yo, papá, mamá o de quien fuera el turno o el caso, lo notaba y entonces lo comentábamos. No importaba que tan mínimo fuera el cambio, o su simpleza, en casa siempre había alguien que lo notaba.
Quizás tan concentrados estábamos en los cambios -insisto, por mínimos que estos fueran-, que no nos deteníamos nunca a observar la otra orilla nuestra historia familiar, nunca nos deteníamos a pensar qué cosas permanecían iguales. Bueno o malo, no lo sé, pero nunca lo hacíamos. Solo nos interesaban los cambios, y aún hoy no encontramos una razón para ello.
Un día cualquiera, de la nada, esto cambió, por que una voz interior me susurró: ¿Qué cosas seguirán iguales acá? La pregunta, aunque parecía sencilla, estaba lejos de serlo. Es más, les confieso que tras oírla e interiorizarla, consiguió dejarme inmóvil por varios segundos, antes de que mamá, como se dice popularmente, me trajera de regreso, me aterrizara. Inquietado le conté qué me había sucedido. Acto seguido, llegó papá y también le conté.
Obviamente, si yo no estaba preparado para recibir ese cuestionamiento, ellos mucho menos. Entonces, un silencio sepulcral que me pareció eterno -no sé si a mis papás también- se apoderó del lugar. El incómodo momento solo acabó cuando, a modo de chanza y lleno de sabiduría, mi papá me rebautizó, con toda la razón, como 'el soñador foráneo', ese que aún hoy, cuando mira al insomnio de frente, no encuentra más salida que mudarse momentáneamente a la vieja pero siempre confortable cama de sus padres.

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