Amor de tren


Todos los días, a la misma hora y en la misma estación, Ofelia abordaba el tercer vagón del tren rumbo a su oficina, ubicada al otro lado de la ciudad y a la que llegaba finalmente tras casi dos horas de viaje. Al igual que ella, cuatro estaciones luego de que Ofelia se subía al tren, abordaba, el mismo vagón pero por otra puerta, un joven que desde el primer día que lo detalló le pareció apuesto e incluso un tanto intelectual, por lo que, de inmediato, le generó curiosidad. O misterio, nunca terminó de descifrarlo.

Desde ese día, la historia se repitió incesablemente. Y aunque en Ofelia persistía esa curiosidad o ese misterio por conocerlo, y a que en ocasiones sentía que a aquel joven le sucedía algo similar con su presencia, nunca se decidió a recorrer esos pocos pasos que la separaban de él. El joven tampoco lo hizo.

Así pasaron varios días y mientras Ofelia, por más que lo intentaba, no conseguía ignorarlo por completo, el joven, aparentemente un poco más indiferente y siempre con su diadema prendida escuchando quién sabe qué música, también pensaba, cada día, en si ella estaría mirándolo.

En algunas ocasiones, incluso, cruzaron miradas y, a veces, fueron un poco más allá, sonriéndose mutuamente. Pero no más. Los días seguían su curso y ninguno se animaba a hablarle al otro. Tantos días pasaron así, que Ofelia, inconscientemente, empezaba a reconocer algunas prendas del joven. Seguramente él pasaba por lo mismo.

De repente, una mañana Ofelia se despertó con toda la actitud y se dijo así misma que, una vez viera a aquel joven en el tren, caminaría como mínimo a saludarlo y, porqué no, con cualquier pretexto, a buscarle conversación. Con esa decisión, salió de su casa y ese miércoles de mañana cálida, una vez más, como lo marcaba su rutina, abordó el tercer vagón del tren. 

Una vez en el tren, esperó con ansias que quedaran atrás cada una de las cuatro estaciones que la separaban todos los días del joven. Ese día, sin embargo, estaba tan ansiosa que esas cuatro estaciones se le hicieron mucho más largas que de costumbre, como si durante la noche anterior las hubieran alejado más entre sí.

Finalmente, al llegar donde todos los días solía abordar el joven, con las pupilas dilatadas y una expresión que dejaba ver que estaba esperando a alguien, Ofelia vio cómo la puerta del tren se abrió y tras un par de minutos se cerró, sin que aquel muchacho se subiera. Ella, por su puesto, no podía creerlo. Justamente el día que se había levantado decidida a acercarse para conversarle, el joven no había llegado a la cita no pactada.

Aunque un poco frustrada, no tuvo más opción que asumir que todo había sido una simple casualidad, mala para ella, eso sí, y pensó que, justo ese día, él había abordado más temprano o que, de lo contrario, lo haría un par de minutos después, quizás en el próximo tren. 

El destino, sin embargo, le tenía preparada una mala jugada a Ofelia, que durante los siguientes dos días mantuvo la misma decisión de acercarse a hablarle a aquel joven que nunca apareció, pese a que se llegó el viernes. La esperanza, Ofelia la tuvo hasta el siguiente lunes, pero también fue en vano, y solo hasta ese día, en el que tampoco abordó el vagón el joven con su diadema, entendió que aquel amor de tren, que la tuvo un par de meses arrepintiéndose de no haber tomado la decisión antes, no volvería a abordar su mismo vagón.

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