Diálogo sobre la luna
De pronto, en un balcón de un calmado barrio, la curiosidad de un par de niños hizo que la noche no acabara sin que la belleza de la luna fuera notoria, aunque fuera tan solo un poco. Uno de aquellos niños, con la cualidad natural de esa etapa de fijarse en pequeños detalles y la inocencia característica de cualquier infante, le preguntó a su abuelo si en un cohete sería posible llegar a la luna y caminar en ella.
-''Sí, ya lo han hecho''-, le contó el abuelo. Terminado el comentario del adulto, quien únicamente dejaba a los niños hacer preguntas, la nieta le interrogó: "¿Y hay banderas en la luna?". -Sí, la de Estados Unidos-, explicó el abuelo, sonriente ante cada cuestionamiento de aquellos niños que lucían asombrados por el incandescente brillo de la luna aquella noche.
Tras un breve silencio, en el que ni el abuelo ni ninguno de los dos niños dejaron de observar la luna, uno de los pequeños exclamó, evidenciando su tierna inocencia, que desde el balcón de su casa alcanzaba a ver un astronauta caminando en la luna. "No, son varios", replicó el otro infante. "¿Tiene alguna bandera en la mano?", preguntó el anciano, con la intensión de involucrarse aquella conversación.
"¡Uno tiene la de Colombia!, exclamó el niño. "Yo veo uno con la de Estados Unidos", replicó la niña. El silencio nuevamente se apoderó del balcón y el encargado de romperlo, esta vez, fue el anciano, quien preguntó: ¿Ustedes creen que podrían algún día llegar a la luna?". Como el anciano esperaba respuestas distintas de parte de los pequeños, se sorprendió cuando ambos, al unísono y con el mismo tono de alegría le respondieron, como si lo hubiera practicado, "sí, yo algún día lo haré". Allí, con ese sueño del niño y la niña, y con el abuelo sonriendo por todo lo que en ese momento sucedió, acabó una noche de diálogo sobre la luna y tanto los niños como su abuelo fueron a descansar.
"¡Uno tiene la de Colombia!, exclamó el niño. "Yo veo uno con la de Estados Unidos", replicó la niña. El silencio nuevamente se apoderó del balcón y el encargado de romperlo, esta vez, fue el anciano, quien preguntó: ¿Ustedes creen que podrían algún día llegar a la luna?". Como el anciano esperaba respuestas distintas de parte de los pequeños, se sorprendió cuando ambos, al unísono y con el mismo tono de alegría le respondieron, como si lo hubiera practicado, "sí, yo algún día lo haré". Allí, con ese sueño del niño y la niña, y con el abuelo sonriendo por todo lo que en ese momento sucedió, acabó una noche de diálogo sobre la luna y tanto los niños como su abuelo fueron a descansar.

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