Doblegado ante el papel

Intentar dormir temprano ya no tenía sentido alguno, y el cuerpo lo sabía. Aunque habían pasado ya no sé cuántos días viviendo la misma situación, la esperanza, como suele decirse, es lo último que se pierde. O al menos eso quiso creer hasta que no tuvo más remedio que resignarse, y claro, perderla.
Días y días, semanas y semanas... Incluso, meses y meses pasaban y la costumbre de dormir sin mucho esfuerzo, estaba, vaya paradoja, totalmente ausente. A dónde se había ido, se preguntaba ocasionalmente antes de llegar a una que otra respuesta, aunque absurda, un tanto filosófica.
Contar ovejas, imaginarse en un lugar sereno o simplemente tratar de moverse lo menos posible... Ninguna de las técnicas que mamá le sugería cuando se desvelaba en su infancia y que por aquel entonces le funcionaban tan bien, hoy le eran útiles, y ello, por supuesto, aumentaba su frustración sabrá Dios o el universo con quién o con qué.
Lo único que anhelaba era descansar, pero no podía hacerlo porque esa desconocida frustración invadía su persona y la ahogaba, aún más, en un insomnio que parecía no tener fondo. Era como aumentar el castigo, sabrá Dios o el universo porqué, de estar sin la más mínima señal o el más pequeño síntoma de sueño.
Una vez más, luego de horas y horas de dar vueltas en la cama sin rumbo y de tener la mente buscando, en un sinnúmero de cosas sin importancia, una escapatoria a su prisión eterna del sin dormir, encaró, con una alta dosis de inspiración y de frente, un arrugado papel en blanco que lo doblegó y le robó aquella inspiración hasta hacerlo caer dormido.
Comentarios
Publicar un comentario