Sonrisas a la distancia
Así, la vida en muchas ocasiones se me pasaba entre la rutina y tus retratos. Día a día deseaba tenerte a mi lado, o al menos un poco más cerca, porque la distancia de ti me agobiaba, y fue quizás eso —la cercanía— lo que encontraba al observar cada una de tus imágenes, independientemente de lo que me encontrara haciendo. Es como si esas capturas transportaran un poco de ti hacia donde fuera que yo me encontrara.
Pensé, al comienzo, que sería algo pasajero, sentimiento de unas horas... como mucho unos cuantos días. ¡Qué equivocado estaba! Las semanas siguieron su curso y yo seguía ahí, encapsulado entre mi rutina y tus esporádicas fotografías que eran para mí como dopamina. Si tú sonreías en una de tus fotos, yo en silencio sonreía el doble... Vaya paradoja, sonreía viéndote feliz, aunque fuera lejos.
Un tiempo atrás, me hubiera comenzado a enloquecer tratando de entenderlo, ahora solo podía sentirlo en silencio. Había pasado, sin duda, por un proceso de transformación de mi sentimiento. Hubiera sido un logro enorme para mí poder comunicártelo directamente, pero siempre que lo intenté pasaba de estar lleno de emoción a sentirme, nuevamente, como un niño inmaduro y temeroso de mostrarme, después mucho tiempo, nuevamente vulnerable ante ti.
Yo entendía que ser vulnerable, o mostrase como tal, no era necesariamente malo, sino que más bien se trataba de saber ante quién mostrar esa debilidad. Ante tu recuerdo, sentía que podía hacerlo y así sucedía, porque al final del día, la respuesta siempre era la misma: el sentido estuvo, está y estará en que soy alguien que te quiso, te quiere y te querrá por siempre. Y estés o no a mi lado, mi deseo siempre será verte sonreír.

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