Introspección bajo la lluvia


En medio del afán del día, aunque era el último laboral de aquella semana, la fuerte lluvia que de un momento a otro, entrando la noche, comenzó a caer sobre la ciudad, obligó a todos los que corríamos desenfrenadamente entre calles a una pausa.

Desde ahí, nunca subestimo el poder de la lluvia. Nada nos detiene tan de repente, de un momento a otro, como cuando ella llega: ni el deber ser de despedirnos con un abrazo de los familiares, ni la necesidad de sentirnos bien con nosotros mismos como debería ser normal, nada, la lluvia parece ser la una cosa que tiene ese poder de detener todo, aunque sea por unos instantes, o por mucho tiempo más del que quizás nosotros mismos quisiéramos.

De eso me di cuenta, volviendo al relato inicial, esa noche que me agarró desprevenido una tormenta que me obligó, sin pensarlo yo un segundo, a meterme al primer café que vi como refugio. Literalmente, no quedaba una sola persona en la calle, la ciudad, con el agua cayendo sobre ella, estaba paralizada.

Siendo yo adulto joven, viendo que el tiempo seguía su transcurrir y que el agua estaba lejos de irse y llevarse consigo las oscuras nubes que posó sobre la ciudad, me entró un sentimiento de nostalgia porque -digo yo- el frío me puso más pensativo de lo que solía ser y, de repente, como aquella lluvia, comencé a recordar los momentos que pasé al lado de ella y que, en ese momento que analizaba detenidamente, nunca me di cuenta en cuando se terminaron.

Pasaron los minutos y no hallaba el día exacto en el que, simplemente, todo se terminó. Entonces, aquella lluvia, poco a poco iba llevándome a donde quizás desde un principio quería hacerme dirigir: vivimos tan rápido, en un frenesí constante, que no nos damos cuenta, la mayoría de las veces, los momentos que estamos viviendo, e incluso, no nos damos cuenta cuando perdemos algo o, peor aún, a alguien. 

Esa tarde noche lluviosa, me di cuenta, solo un par de años después de aquella despedida, que desde ese día nunca más la volví a ver. Es más, nunca más volví a saber de ella. Entonces, un montón de preguntas sobre su vida comenzaban a invadirme, pero la lluvia ya se apaciguaba y, con ella, también de a pocos, volvía el tan normalizado frenesí de la ciudad que volvió a envolvernos a todos, dejando vacíos los cafés del sector e inundándonos, paradójicamente, de rutina, aunque el agua se desvanecía.

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