Angustia en el pabellón 3


Aquella noche, lo recuerdo muy bien, las gotas frías caían en el asfalto. Mientras tanto, dentro de aquella habitación, observando a través de la ventana lo poco que me permitía la neblina ver, me preguntaba qué había pasado horas atrás. No recordaba nada. Es más, no sabía qué hacía allí.

En medio de mi confusión y angustia, y con mi memoria en blanco, intentaba calmarme, pero era imposible. Las manos me temblaban, el cuello me sudaba y escuchaba voces que me preguntaban por qué había tomado esa decisión.

Sobre cuál decisión me cuestionaban aquellas voces, me preguntaba una y otra vez sin hallar respuesta. Entonces, mi desespero crecía al mismo tiempo que aumentaban la intensidad de la lluvia y el frío. Recuerdo también que, aunque me parecía imposible, se hacía cada vez más oscuro.

Cuando más perdido me sentía y me vi cerca de hacer explotar mi cuerpo con un grito interno, de repente, la oscuridad fue desapareciendo a un ritmo lento, y ahora, las voces en mi cabeza no me cuestionaban. Por el contrario, me animaban a lograr algo que yo no identificaba.

Mientras se me aclaraba la visión fuera de la habitación, con la desaparición paulatina de la neblina, el frío y la lluvia, también dejaba de sudar y de temblar, pero seguía sin entender nada. De hecho, en ese momento entendía menos lo que sucedía.

Fue entonces cuando, sin esperarlo, me entró por la boca y hasta el pecho una corriente de aire caliente que, tras un rebote de mi espalda contra la silla, me hizo abrir los ojos para despertarme amarrado a una cama de urgencias del pabellón 3, a donde había llegado cinco días atrás, trasladado por mi familia, luego de tomarme un cóctel de pastillas para dormirme y, seguidamente, en un acto egoísta con quienes me rodeaban, darle una patada al banco para quedarme suspendido en el aire.

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