Piel que arde


Mentiría si te digo que mi plan, alguna vez, ha sido conquistarte. Lo que tampoco puedo negar es que sí me gustaría que, alguna vez, fueras toda mía, pero más que desde la posesión como tal, desde el deseo que me despierta siempre el pensar en ti. Un deseo que al pretender invocarte con mi pensamiento, me recorre de cabeza a pies.

En ningún momento he llegado a dudar, durante las esporádicas charlas conmigo mismo, que el deseo que te tengo es sumamente genuino. Pero tiene un matiz más que de deseo como tal, de un gusto -quizás capricho- que, siendo más sincero aún, quisiera alguna vez darme. Perdóname lo crudo, pero si lo estás pensando, sí: el capricho lleva tu nombre.  

Explicarte cómo lo logras, no puedo. Lo que sí puedo afirmar, sin el más mínimo riesgo de llegar a fallar, es que tu energía y tu cuerpo son, en todo sentido, magnéticos para mí, tanto que, sin tenerte a mi lado y únicamente imaginándote en mis brazos, subes mi temperatura. 

Mi capricho lleva tu nombre, ya lo sabes. Ahora, no olvides que imaginarte me estremece, hace que me sienta inquieto y que a mi cabeza vuelvan los momentos más íntimos que alguna vez compartimos. Me lleva incluso, a veces, a un deseo incontenible de que esos momentos donde estábamos tan próximos se vuelvan a repetir.

Frotar mis manos en tu piel, incluso con la ropa como barrera, lo recuerdo bien, me acelera desde el pensamiento hasta el corazón. Entonces, la adrenalina se inyecta en mi sangre y el capricho se transforma cada vez en una piel que arde mientras aguarda por saber si algún día llegarás a calmarla.

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