Recuerdos sin aviso


Esa madrugada, mis recuerdos contigo me invadieron de repente. Con el descaro de quien se toma sin avisar un espacio que no le corresponde, de la nada, a mi mente llegaron, uno a uno, los momentos quizás más simbólicos que tuve el placer de vivir contigo, cuando inocentemente, de alguna manera, te sentía mía.

Aquella única comida que compartimos con cierta intimidad en aquel centro comercial, después de aguardar solo que pasaran varias horas para encontrarnos, también la recordé. Reviví igualmente el menú de aquella tarde-noche y, en medio de ella, segundo a segundo, el momento en que tomaste la única foto en la que fuimos solo tú y yo. Sí, aunque no sé si tú la recuerdes, hablo de esa foto que hoy —en ocasiones para mi pesar— no guardo más que en mi memoria, eso sí, de una manera tan nítida que es casi como si la tuviera en físico.

Recordé también momentos como aquel otro en el que, caminando de la mano en medio de libros y entre el sonido de la gente, buscamos dónde recostarnos, abrazados, a ver la tarde pasar mientras disfrutábamos la compañía del otro. Eso sí que no se me olvida, entre otras cosas, porque fue el mismo día en el que me sorprendiste lanzándote a besarme. Recuerdo cuánto disfruté aquel momento y, después, el silencio de ambos. Qué pensabas instantes después es algo que quisiera saber hoy.

A mi mente también regresaron, para mi asombro, varias de tus preferencias personales: tu color favorito, cosas que no disfrutas tener que hacer e incluso, esta vez, mi memoria fue atrevida y recordó momentos más íntimos…

Pese a todo ello, esta vez fue una manera diferente de revivir mis recuerdos contigo. Esta vez, si bien estabas inevitablemente presente, más que recordarte a ti como tal, recordé esos momentos puntuales en los que, perdóname ser insistente con esto, te sentía inocentemente mía.

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