Aprender a escribirte


Las letras dicen lo que la boca calla. Y en mi caso, pocas cosas más ciertas que esa, porque logré acostumbrarme a admirarte y agradecerte de lejos y en silencio, y nada de eso, estoy seguro, hubiera sido posible sin el maravilloso poder de las letras, que si bien me acompañan generalmente en las madrugadas, también se hacen presentes si las invoco a pleno mediodía cuando, de la nada, pasas por mis pensamientos.

Pero no te agradezco, con mis escritos y mensajes entre líneas, solo por tu paso por mi vida, lo hago también por todo lo que dejaste en mí, aún después de que te marchaste. Me dejaste seguridad, confianza y muchas cosas más que, al verlas brotar de mi, sonrío solo para, nuevamente, agradecértelo a lo lejos. Entonces, no exagero al decir que me has cambiado la vida, aunque sea un poco.

Te agradezco también porque, cuando no encontré a quien hablarle de ti, de tanto tenerte presente en mi día a día, aunque fuera a lo lejos, mi refugio siempre fueron, han sido y de seguro serán, por mucho tiempo más, las letras. Ese es otro regalo que me dejaste y te agradezco: fortaleciste quizás sin buscarlo mi relación con las letras, mismas con las cuales hoy, más que una necesidad, se me volvió costumbre escribirte.

También tengo que admitir, eso sí, que hoy, al escribir de ti, no lo hago para "sobrevivir" a tus recuerdos, más bien lo hago porque aprendí a hacerlo, sin mirar hacia atrás, pero sin querer olvidar por completo, pues finalmente, como te escribí en cartas más viejas, fuiste parte de mi historia. Una historia que seguiré contando, sin ti, pero con todo lo que me dejaste.

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