Tu nombre, mi desvelo


—¿Qué haces de nuevo desvelado? —me preguntó el silencio de la noche, que durante las últimas semanas se ha convertido en mi fiel compañera.
O, mejor dicho, yo en el compañero de ella, porque al final la noche siempre está ahí, esperando para arroparnos en su lienzo, y somos nosotros, los amigos del desvelo, quienes osamos irrumpir en su tranquilo fluir.

—Es ella de nuevo —le contesté—. Su nombre me tiene inquieto, no deja de rondar por mi cabeza y creo que me está llevando al borde de la locura. Una locura en la que, te confieso entre nosotros, estoy dispuesto a caer, aun sabiendo que seguramente seré el perdedor de este juego. Un juego de seducción en el que pierde quien termina cediendo al enamoramiento.

—¿De nuevo cederás? —volvió a cuestionar la noche sin rodeos.—Es inevitable para mí —le dije, antes de justificar mi flaqueza ante su nombre con la insólita razón de que, según yo, ella tenía un poder especial sobre mí del cual estaba muy lejos de encontrar la manera de liberarme—. No puedo hacer mucho… y no sé si quiero hacerlo.

La noche me interrumpió de inmediato con un viento frío que me golpeó fuertemente por la espalda.

—¡¿Pero qué haces?! ¡Casi me matas! —le reviré.—

Es para que entiendas de una vez por todas que ese poder que dices que tiene sobre ti se lo has dado tú mismo. Tienes que reaccionar, o terminarás perdiéndote.

Pese a lo frío del llamado de atención, la habitación quedó, por un momento, nuevamente en silencio. Acto seguido, la temperatura comenzó a subir poco a poco; empecé a sudar y, de arriba abajo, mi cuerpo comenzó a temblar. Mientras eso sucedía, en mi cabeza escuchaba una risa femenina aguda. Sí, era la risa de aquel nombre que, sin mucho esfuerzo, ahora iba tomando posesión no solo de mi mente, sino también de mi cuerpo. Intenté contener su avance, pero mis esfuerzos fueron inútiles, y no encontré más solución que gritar, pero justo cuando me disponía a hacerlo, sonó la alarma y desperté agitado en medio de la madrugada, con el reloj marcando las 3:20.

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