El regalo de abrazar


Esa noche que me abrazaste, no me abrazaste solamente tú. Contigo, me abrazó toda tu alma, y por eso lo sentí muy especial. Fue, literalmente, un abrazo que vino desde adentro, y todo lo que recibí con él hizo vibrar cada célula dentro de mí.

Si bien fueron no más que unos cuantos segundos, ese abrazo, en medio del ruido exterior, bastó para silenciar todo a mi alrededor y envolverme tan profundamente que, después de él, poco más había para hacer. El poder de ese abrazo —y no estoy siendo para nada exagerado— fue tan absorbente que me curó; con su calor humano quemó todo lo malo y le sobró para cobijarme y darme paz. Fue simplemente sanador.

Estuve a punto de decírtelo, pero como suele sucederme, guardé silencio, dejé el sentimiento para mí y, en ese momento, no procuré mucho más que intentar lograr que sintieras tú lo mismo, o al menos algo similar, con mi abrazo… un abrazo en el que, te lo digo en esta nueva carta que nunca te enviaré, puse gran parte de mí.

Tan especial como el abrazo fue la manera en que lo logré: solo salí buscándote, intentando disimular un poco que te quería localizar entre la multitud del lugar; apareciste frente a mí. Luego, todo fue mucho más fluido: fue cuestión de abrir mis brazos, verte sonreír por un par de microsegundos y rodearte con mis brazos, al mismo tiempo que me envolvían los tuyos. Recuerdo disfrutarlo de principio a fin, más que nada porque ese abrazo, más allá del abrazo como tal, terminó siendo un regalo que nos dimos sin proponérnoslo.

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