Rebeldía del querer


A veces no es suficiente querer sin medida. A veces, en el amor, hace falta también un poco de rebeldía. Pero no una rebeldía dañina, sino una que mantenga presente en el ambiente que no somos de nadie, incluso, ni de nosotros mismos, porque finalmente, como dicen, la vida es prestada. Y no solo eso, la vida es también un ratico.

Querer, amar o estimar no es suficiente para que nos traten de igual manera. Por eso, la rebeldía sana en una relación, mantiene alerta al otro de que, en cualquier momento, nos puede perder. Y sí, aplica también para la relación con nosotros mismos, porque también existe el riesgo constante de, si no sabemos quiénes somos y para dónde vamos, perdernos a nosotros mismos.

Y no me malinterpreten, al sugerir un poco de rebeldía en las relaciones,  no quiero decir -porque mal haría- que entregarnos a alguien o algo por completo, sin esa dosis mínima de rebeldía, esté mal. Pero sí deberíamos entender que, si así lo hacemos, somos un poco más vulnerables y, de entrada, deberíamos lanzarnos a hacerlo entendiendo que no siempre -de hecho muy pocas veces- nos corresponden con igual intensidad esa entrega, bien sea la vida, un proyecto o, como suele ser más común, otra persona.

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