Hilo rojo: un destino entre collares


Aunque era pequeña en estatura, lo que sí tenía de sobra era decisión. Entonces, era quizás esa misma decisión la que la impulsaba a negarse a creer que ella no pudiera ser la artífice de su destino afectivo, sentimental o amoroso, porque seguramente, como afirman algunos, este está destinado ya a unirnos con una persona con la que estamos conectados a través de un hilo rojo invisible.

El empoderamiento y carácter que le inculcaron desde niña, cuando tenía solo 4 o cinco años —sus padres no lo recuerdan bien y ella mucho menos aún— le había quedado tan claro y arraigado que se negaba rotundamente a la existencia de ese hilo rojo invisible. Y no porque no creyera en el amor, ni mucho menos, porque incluso creció también en un hogar afectuoso por demás, sino porque estaba absolutamente convencida de que, al menos en eso, la mayor parte sí dependía de ella. Eso sí, sin irse al otro extremo de negar que un “empujoncito” de la vida tampoco le caería mal, ni a ella ni a nadie.

Consciente de eso y teniendo su opinión referente al supuesto hilo rojo más que interiorizada, ella solía andar por ahí, desprevenida y sin preocupación por el mañana, como muchos jóvenes de su edad, que vivían bajo la filosofía de simplemente disfrutar cada momento, de vivir, día a día, el hoy.

También como muchos de su edad, tenía —sin tenerlos realmente— amores efímeros, esos que los jóvenes como ella suelen encontrar un día casual en cualquier vagón del metro de la ciudad, en una tardeada con su familia o amigos en cualquier café de alguna exclusiva zona, o, más comúnmente, en el parque al que acostumbraba a llevar a pasear a su mascota.

Reitero, sin embargo, que esos amores efímeros no eran más que eso: efímeros. La situación quedaba ahí y ella, después de pasar una “tusa” de unos cuantos minutos, solo continuaba con su vida como si ninguno de esos “amores” fugaces le hubiera pasado en frente.

Cualquier atardecer, con el cielo precisamente con un color rojizo poco habitual en su ciudad, salió nuevamente a pasear, aunque con algo de pereza, a su mascota, una akita que se convirtió, desde un par de años atrás, en su única compañía constante.

Aunque esa compañía era generalmente de alma serena, esencia propia de la raza, ese día, algo distinto sucedió. Caminando por el sector del parque donde siempre se detenían a descansar un poco contemplando el panorama, ella quiso hacerlo una vez más, pero su akita se lo impidió y, fuera de lo común, quería llevarla hacia un lugar muy cercano por el que nunca solían transitar.

Ante la insistencia de su mascota, ella cedió con alguna resignación y —literalmente— se dejó llevar, casi que a rastras, hacia donde su akita se dirigía cada vez con más velocidad, al punto que terminaron chocándose con un joven, un poco distraído, y su mascota, un beagle curioso, inquieto y juguetón. Sus collares, entonces, se entrelazaron en varios nudos que obligaron a ambos a detenerse, mirarse a los ojos y hablar por algunos minutos para desenredar.

Cuando finalmente parecían terminar de descifrar el enredo de los collares, el beagle, juguetón como siempre, comenzó a dar giros en el pasto y todo volvió a enredarse. La akita, en cambio, solo ladraba con inquietud mínima.

—Creo que ellos ya decidieron por nosotros —dijo el joven en tono jocoso, bajándole extrañeza al encuentro.

Fue así como nació una amistad que, con los años, se mantuvo firme. Y aún después, en el cielo de los perros, el akita y el beagle siguieron unidos por ese hilo rojo del que ella, desde entonces, nunca volvió a dudar… no por amor, sino por que le mostró su forma más leal: la amistad.

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