Pasajera eterna
Madrugar, tomar el tranvía, cumplir con los deberes y, horas después de eso, el mismo proceso o trayecto de regreso a casa sin más compañía que mi música, generalmente nostálgica, porque me había acostumbrado a extrañar la vida que tenía años atrás. Eso era lo que tenía.
Todo cambió un día con una leve lluvia acompañada de neblina en el que, extrañamente, encontré asiento al abordar el tranvía rumbo a la oficina. A mi lado estaba una mujer, de unos 65 años aproximadamente, con una cara de no muchos amigos que digamos, por eso, ni me atreví a hablarle. Para mi fortuna, ella sí lo hizo, y aunque al inicio me sorprendió, terminé por enlazar una amistosa conversación.
Ese martes jamás lo olvidaré. Y menos porque, en medio de mi mecánica vida, con el pasar de los días, cada vez eran más frecuentes los encuentros con aquella mujer mayor en el tranvía. De un momento a otro, sin imaginarlo, conocíamos más de lo que pensábamos el uno del otro.
En nuestras rutinarias charlas me contó, un día cualquiera, una linda historia de cómo llevó a su hogar un pequeño gato negro, ya un poco entrado en años, que se convirtió en su única compañía. Sus hijos habían emigrado al exterior y la señora vivía con lo justo en una pequeña casa que le quedó de su difunto marido.
"Es el único que me escucha", me dijo en referencia a su felino... "O me escuchaba", corrigió; "hoy también está usted, joven, y se lo agradezco", me dijo mientras dejó escapar una leve sonrisa. Sus palabras llenaron de inmediato el vacío que durante tanto tiempo había generado en mí la mecánica rutina en la que, hasta entonces, estaba sumergido.
Los días pasaron y mi amistad con aquella adulta mayor en el tranvía se fortalecía, aunque unos días me la cruzaba en el camino y otros no. Prestando más atención en el camino, noté que lo normal era que me encontrara con ella, en la misma estación, al menos tres veces por semana. Me sorprendí, porque no era mucho de detallar mis días, pero me alegré porque parecía que aquella mujer me hizo ver mi rutina de otra manera.
Otros días después noté que, coincidencialmente, con el cambio en mi manera de ver la rutina, cambiaba poco a poco el clima de mis mañana y, ahora, cada día era un poco más brillante. Pero todo volvió a cambiar cuando pasaron varios días en que no me crucé con la mujer y, con su ausencia, mi proceso comenzó a retroceder.
Luego de varias semanas sin verla, al subir al tranvía como de costumbre, noté en aquel puesto una joven con un sorprendente parecido a aquella señora que me había acostumbrado a acompañar. No podía estar equivocado, debía tener algún vínculo con ella e iba a averiguarlo.
Sin saber cómo abordarla, me aventuré: "Disculpa, te pareces mucho a alguien que solía ver aquí", fue lo único que atiné a decirle. "Sabrá la vida con quién me estás confundiendo", replicó algo malhumorada, pero hasta su voz me sonó familiar y mi intriga aumentó.
"¿Qué pasó con el gato que la acompañaba?", insistí, más por impulso. La expresión malhumorada de la joven se esfumó de inmediato, dando paso a la sorpresa: "Entonces parece que no me estás confundiendo con alguien", respondió con tono más amable, y la conversación fluyó hasta enterarme que, tras una inesperada enfermedad, el gato también sigue esperándola en la ventana, así como yo la esperaba en su habitual asiento en el tranvía.
Desde entonces, aunque abordar el tranvía y ver aquel asiento vacío u ocupado por otra persona ha sido complicado para mí, no vivo tan mecánicamente y día a día rescato, en honor a la mujer y su gato que de seguro sigue esperándola en su ventana, un detalle que me recuerde que la rutina también es vida y, de paso, a aquella pasajera eterna del tranvía.

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