Susurros de deseo
La música, sin embargo, no era más que una excusa para evitar la tentación de observarte, en frente, en tu cuarto, donde la luz tenue de la luna iluminaba tu silueta, creando un contraste que me hacía sentir un escalofrío de deseo en la espalda.
No entendía por qué, pero la sensación de verte allí, tan cerca y tan lejos al mismo tiempo, me hipnotizaba, y mi mirada se quedaba pegada a ti, como si estuviera atrapada en un hechizo de pasión.
De repente, moviste la cortina y nuestras miradas se encontraron, y aunque la distancia entre nosotros era solo de unos metros, sentí que el tiempo se detenía y que el único sonido que existía era el latido de mi corazón, que parecía gritar tu nombre.
Tú, sorprendida por el repentino encuentro de miradas, reaccionaste tapando tu cuerpo con la cortina, pero yo ya había visto lo suficiente para saber que mi deseo por ti era irresistible.
Pero la cortina se atascó en el gancho y se quedó medio abierta, dejando a la vista un fragmento de tu piel iluminada por la luna, lo que me hizo sentir una curiosidad irresistible, un deseo de explorar cada rincón de tu cuerpo.
¿Será que la noche nos estaba tratando de decir algo con tantos sucesos fuera de lo habitual? Me pregunté de inmediato en mi mente, pero la respuesta era clara: la noche nos estaba empujando hacia la pasión, hacia el abismo del deseo.
Y mientras me hacía esa pregunta, noté que la cortina se movió nuevamente, y esta vez, fue tú quien la abrió lentamente, como si estuvieras invitándome a cruzar la frontera entre nuestras habitaciones, a entrar en tu mundo de sensualidad y placer.
Entonces ahí entendí que esa noche estaba por suceder lo que ambos, desde varias noches atrás, impulsados por el deseo, estábamos esperando: la unión de nuestros cuerpos, la fusión de nuestras almas.
No pude evitar sentir un escalofrío de emoción al darme cuenta de que el momento que habíamos estado esperando con tanta ansiedad finalmente había llegado, y que nada podría detener el curso de los eventos que estaban a punto de suceder.
Pero aunque estaba emocionado por ello, el miedo me paralizó, tu mirada y la silueta de tu cuerpo, el haberla observado, me habían congelado, me habían hecho sentir como un animal enjaulado, ansioso por liberarse.
Y en ese momento de indecisión, vi cómo tú, con una sonrisa suave y una mirada que parecía decir "no tengas miedo", te acercaste a la ventana y te sentaste en el alféizar, con las piernas colgando hacia afuera, como si estuvieras esperando a que yo me acercara, a que yo te tomara en mis brazos y te besara con pasión.
Entonces, me armé de valor y sin más ropa que un pantalón, bajé corriendo las escaleras, ansioso por sentir tu piel contra la mía, por saborear tu boca y explorar cada rincón de tu cuerpo.
Y antes de que pudiera llegar a la puerta, tú ya la habías abierto y me estabas esperando con una sonrisa radiante, y sin decir una palabra, me tomaste de la mano y me llevaste de vuelta a tu habitación, cerrando la puerta detrás de nosotros, y allí, en la oscuridad, nos dejamos llevar por el deseo, nos dejamos consumir por la pasión.
Las manos me sudaban al sentir tu piel, era una sensación extraña, pero la disfrutaba, la saboreaba, la exploraba con ansiedad.
Y en ese momento, todo lo demás desapareció, y solo quedamos tú y yo, perdidos en la mirada del otro, con las manos entrelazadas y el corazón latiendo al unísono, como si fuéramos una sola persona, una sola alma.

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