Recuerdos en la piel


Este fin de semana, después de mucho tiempo, acaricié de nuevo tu piel. ¿Y sabes? Con el más mínimo tacto, comenzaron a viajar a mi cerebro recuerdos de aquellas tardes, ya un poco alejadas hacia atrás en la línea de la vida, en las que mi único deseo, sin que en su momento tú lo supieras, era poder acariciarte, aunque fuera mínima y sutilmente.

Al principio fue un poco raro, no te lo puedo negar, pero poco a poco -continuando con estas letras llenas de sinceridad- me fui sintiendo cada vez más cómodo, más a gusto, más complacido. Te mentiría, y no es la idea hacerlo, si pretendiera negarlo. Igual sé que, al leerme, fácilmente podría delatarme yo mismo, o tú te percatarías al instante de que podría estar mintiendo, porque quizás conoces un poco -o mucho- de mi manera de escribir. Y es apenas obvio, muchas de mis letras han sido dedicadas a ti. Muchas de mis letras, como en este caso, han sido originadas por ti. 

Volviendo a mis sentimientos mientras te acariciaba, acepto que, aunque lo disfrutaba, me sentía -de nuevo- unos años más inmaduro e inexperto. Por momentos con miedo o tensión, como si recién estuviera conociéndote. Y esto es un poco curioso, porque de alguna manera, aunque quizás en esto estoy siendo reiterativo, me veía a mí mismo unos años atrás queriendo explorarte, queriendo saber más de ti.

Te escuché reír un par de veces, y fue para mí inevitable comparar tu risa con la de hace unos años. Resultaba que me sonaban igual de atractivas, pero ahora de una manera diferente. Quizás no podría explicarlo en palabras, pero bueno, yo me entiendo, y creo que eso es finalmente lo que importa.

Todo esto para concluir que, aunque siempre me autorreconocí como una persona que valora los sentidos, ese día contigo me hizo cuestionarme si verdaderamente tengo o he tenido esa capacidad, pues solo un pequeño tacto de tu piel me llevó en un viaje mental al pasado, mientras no quería perderme tampoco el presente de estar a tu lado

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