Retando a la muerte
Y ahí no termina nuestro reto indirecto a la que algún día, insisto, a todos nos alcanzará. Si lo pensamos bien, bajar unas escaleras, cruzar una calle, comer nuestro plato favorito o uno que nos nos guste tanto, refrescarnos con un baño... Todo es un reto para ella, que viene corriendo tras nosotros. Y no es ser trágico o fatalista, más bien es ser -o tratar de ser- realista. Finalmente, qué problema puede haber con eso.
Algunos más osados, la retan de frente y afirman estar preparados para cuando en la larga carrera de la vida, por fin ella cumpla con el ciclo y nos alcance, o, sin necesidad de que así sea, alcance a uno de los nuestros.
Si alguien sabe que en carrera larga hay desquite -como dicen las abuelas y las mamás- es ella, pero, por más que sepamos eso o por más que intentemos negarlo, quién sabe con qué objetivo, jamás estaremos preparados. Y ella, esperémoslo o no, sí está verdaderamente preparada para demostrarnos porqué, y en esta idea quiero ser insistente, ni todo una vida nos alcanza para prepararnos para cuando llegue ese momento, rápido o no lo determinará ella, en que nos alcance en nuestro camino.
Desde niños a la mayoría de nosotros -por no decir que a todos- nos inculcan la idea, directa o indirectamente, de que la muerte es mala. Esto, sin saber realmente qué hay después de ella, quizás por ello sentimos una zozobra constante que nos impide disfrutar de pequeños placeres y creemos que solo podemos disfrutar verdaderamente de grandes viajes, comidas exóticas o grandes logros, dejando a un lado, por ejemplo, momentos de pequeñas reuniones y conversación con familiares que no siempre vemos.
Ahora, después de todo este texto, ¿no creen que la mejor forma de retar frenteramente a la muerte es viviendo cada momento como si supiéramos que va a ser el último? Ahí les dejo la inquietud, para responderla tienen, si quieren, todo una vida... Eso sí, no aplacemos más abrazos, besos o caricias; no dejemos para mañana más visitas, tertulias, bailes o cafés, y llenemos nuestra vida de esperanza, día a día, con pequeños placeres, nunca se sabe cuándo será nuestra última oportunidad de sentir que vivimos verdaderamente para ser felices, ese es, seguro, el mayor reto que podemos hacerle a la muerte.

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