El vino que no debí tomar


Aquel vino no fue más que una excusa para volver a verla. Una excusa que, claramente, tiene forma de botella. Si, forma de botella, porque aunque casi no termino por decidirme, encontré en esa botella, reitero, la excusa perfecta, pues la puse a su disposición y ella vino. 

Fue realmente más fácil de lo que pensé, pero no por eso menos estresante de lo que también imaginé, pues aunque su respuesta para aceptar tardó solo unos minutos, para mí, vino después de largas hora.

Tras un par de minutos más en shock por el poder de aquel vino para convencer, subestimando quizás mis propias capacidades, creí regresar a mis cinco sentidos y reconocí el problema en el que me había metido: ¿No pudo haber sido otra la excusa? Hasta ese día, el vino en mi vida estaba terminantemente prohibido.

Hace tan solo tres años me había prometido -y hasta ese entonces lo estaba cumpliendo a cabalidad- jamás volver a tomarme una sola gota de vino. Todo, a raíz del amargo -y aquí está muy bien utilizado el término, a propósito de vinos- rato que pasé de cuenta de unas copas de más en medio de una fría noche en aquella cabaña con mis amigos y, obvio, con ella.

Pero para no contarles la historia completa, que quizás pueda ser un nuevo capítulo en este libro de para mí amargos vinos, volvamos al momento en el que salí del shock: minutos después de ese regreso a mis cabales, si es que alguna vez los he tenido, dije "aquí ya no hay nada que hacer, no puedo echarme para atrás ahora". Igual, qué puede pasar, me pregunté. Finalmente en esta ocasión solo seremos ella, una botella de vino y yo, qué puede tener eso de malo. Nada, me contesté a mi mismo y entonces seguí adelante.

Poco a poco fui saliendo del shock, producto seguramente de mi asombro, insisto, de que un vino me volviera a tener, en un par de horas, delante de ella. ¿Idiota? No, tenía motivos para estar nervioso, desde esa noche en la cabaña no la veía y casi que habíamos pactado -sin hacerlo- no volver a conversar. Pero ese día, gracias a quién sabe cuál impulso de idiotez, rompí ese pacto que jamás hicimos verbalmente pero que los dos, al parecer, cumplimos por esos tres años.

Las horas pasaron en medio de mi nerviosismo y ahora solo quedaban minutos para que sonara el timbre de mi casa y tuviera que abrirle la puerta. Vaya sorpresa, luego de pensarlo, sucedió: ¡Se había adelantado a la hora y ya estaba tocando el timbre! Pero nada, levanté cabeza, caminé con la frente en alto y mirada fija para abrirla y saludarla como si nunca hubiéramos dejado de vernos.

Tras el emotivo saludo, antes de que ella pudiera decirme cualquier cosa, le dije que aquella referencia de vino, que tanto disfrutamos aquella noche en la cabaña, la había guardado para una ocasión especial y que esa, sin duda, lo era. La convidé a seguir, nos acomodamos en la mesa del balcón, puse un poco de música clásica y la charla solo, para mi sorpresa, comenzó a fluir. Y claro, fluía cada vez más al son de las copas de vino.

El tiempo nos pasó, por su cara al ver la hora, más rápido de lo que esperábamos a ambos. Entonces, con la copa de vino agotada, nos miramos, ella se paró, se despidió de mí con un afectuoso abrazo y solo se dispuso a dirigirse a su auto, con el efecto del alcohol ya visible hasta en su caminar.

Intenté detenerla, pero, contrario a como lo había logrado horas atrás, no pude convencerla y entonces encendió su carro y aceleró. Viendo esa escena, no hice más que darme la vuelta pero, tras caminar unos metros con la idea de dirigirme a mi cama, escuché un fuerte estruendo que me hizo presagiar que lo que temí instantes antes había sucedido: se había estrellado contra otro vehículo. Cuando quise girarme a correr y ver qué le había sucedido, fue que me desperté y, a medida que abría los ojos, vi a un cuerpo médico que se alegró por mi regreso a la vida, mientras mis pequeños hijos, a mi lado derecho, lloraban de felicidad.

Ya de regreso en la realidad, con la poca fuerza que tenía, pregunté por mi esposa y ahí acabó la felicidad de todos en la sala: "ella no resistió la tragedia causada por esa copa de vino que te dijeron no te tomaras si ibas a conducir", me dijo uno de los médicos. Sus palabras, hasta hoy, ya recuperado, me duelen más que el fuerte impacto que recibí abordo de nuestro carro esa noche. 

Nota: Este texto no pretende estigmatizar el vino, ni la bebida. Su único fin es dar un mensaje: no es buena idea mezclar alcohol y gasolina.

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