El arte de pensar
¿A quién pertenece el arte de pensar?... Después de mucho pensarlo -y aquí me estoy permitiendo ser redundante- creo que el pensar, viéndolo precisamente como un arte, es de todos, pero a la vez de nadie. ¿Suena un poco loco o extraño? Seguramente sí, pero para mi fortuna -y ojalá para la suya- tengo unas líneas más para explicarles esta quizás paradójica, pero para nada descabellada afirmación.
El pensar pertenece, si así se quiere, a los enamorados. ¿Quién piensa igual o más que una persona enamorada? La respuesta quizás se difícil hallarla, porque en los pensamientos de esa persona siempre, muy seguramente de manera inconsciente, está el rostro, la sonrisa o el cuerpo -por mencionar algunas opciones- de aquella persona que a todos, en alguna ocasión, nos ha tenido pensándola.
¡Pero alto! No nos apuremos... El pensar también pertenece, sin ninguna duda, a los desvelados. Y si no está muy convencido, pregúntese: ¿Cuántas personas no ven en la noche -de forma cociente o no- el mejor momento para pensar? Yo, aunque obviamente no tengo la respuesta, sé que son muchas, y no las juzgo, sería muy cínico de mi parte hacerlo, porque muchas veces también he formado parte de este grupo.
¿Y qué decir de los soñadores? ¡Ellos también piensan un montón! Sus aspiraciones en cualquier ámbito son constantemente parte vital de sus pensamientos, eso se los aseguro, porque al igual que en el caso anterior, también he formado, en muchos momentos, parte de este grupo... ¿Y acaso quién no?
Y así, de acá en adelante, pueden haber muchísimos ejemplos más: emprendedores, arquitectos, empresarios, padres/madres de familia y, como no, los filósofos, reconocidos quizás como los primeros pensadores... Como quien dice -y fue la idea que les expuse al principio-, pensar es un arte que es de todos, pero a la vez de nadie, además, porque todos podemos hacerlo, pero no todos lo hacemos, y eso es, seguramente, lo que más nos permite clasificar a la acción de pensar como un arte.
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