Por qué llora el cielo


Terminando la noche de ese lunes y entrando la madrugada del martes, el cielo llevaba ya unas cuantas horas soltando lágrimas. Pero de esas lágrimas que pesan de verdad. Eran tan pesadas, y también frías, que cada una de ellas, al chocar en tierra con los tejados, hacía un estruendoso ruido que no me dejaba dormir.

En medio de esa transición de día que sumaba ya una fecha más al calendario, aún con los ojos abiertos y bajo uno de esos techos que recibía cada gota de lágrima del cielo antes de verla sumarse a las pequeñas lagunas que iban naciendo en los diferentes tejados del barrio, las horas pasaban y yo seguía ahí, inmóvil, pero no del frío, sino quizás de la incertidumbre.

La razón de mi incertidumbre aquella noche se debía a que, postrado en mi cama, no hacía más que preguntarme por qué el cielo lloraba. El cuestionamiento, en medio de su intrascendencia, no era tan banal. Lo digo porque, ahora que me detengo a pensarlo, si bien era normal durante esos días que el cielo llorara, no era normal que su llanto, además de extenso, fuera tan continúo como lo estaba siendo en aquella ocasión.

A medida que pensaba en detalles cada vez más pequeños, la pregunta de por qué el cielo lloraba parecía estar, para mi infortunio nocturno, cada vez más lejos de resolverse. Sumado a eso, el tiempo -pensaba yo con señales de angustia en mi rostro- era cada vez menos, pues además de estar instante a instante más cerca de ver el amanecer, estaba prácticamente seguro -como si fuera yo una de esas personas que da el pronóstico del clima en televisión- de que en cualquier momento el llanto del cielo cesaría. Cuando eso ocurriera, pensaba, moriría la razón de mi pregunta, y con ella, moriría también la búsqueda de una respuesta que calmara finalmente mi incertidumbre.

Aún así, mi análisis continuó. Por qué el cielo lloraba, era la pregunta que seguía dándome vueltas en la cabeza. Un par de horas más tarde, todavía sin respuesta, el sueño finalmente se apoderó de mí. De ahí, cuando menos pensé y un tanto asustado, abrí los ojos y mi primera reacción fue, tras mirar el reloj y comprobar que recién estaba amaneciendo en verdad -eran las 5:30 a.m.-, mirar a la ventana. Acto seguido, comprobé que, conforme salía el sol, las lagrimas del cielo bajaban en intensidad. Solo en ese momento entendí, entonces, que cuando el cielo llora es por una sola razón: extraña el calor de su sol.

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