La sonrisa del mesero
Con el pasar de los días el mesero del bar fue identificándolo y reconociéndolo, pero para nada tomándole cariño. El señor, acostumbrado a vestir elegante y por ello a mantener pulcramente lustrados sus zapatos, no era propiamente el más amigable. Pese a ello, el mesero no tenía otra opción y al comenzar su jornada sabía que él iba a ser el encargado de atenderlo, pues el señor solía ingresar al bar, como si de un ritual se tratase, solo un par de minutos después de que aquel novato mesero tomaba su turno.
Si bien el bar no solía estar nunca a reventar, indistintamente del día u horario, sí era uno de los más viejos, exclusivos y céntricos de la ciudad. De ahí partían entonces el éxito y la fama que lo mantenían de pie en medio de una ciudad que contaba con otros bares, en aquel mismo sector incluso, que sí tenían sus días de apogeo y a los que iban toda clase de personas, sin diferencia de estrato, color o raza.
El mesero era un joven centrado en su quehacer, atento y, a diferencia de los gestos de aquel malhumorado señor que solía visitar el bar, siempre tenía a disposición de los demás una sonrisa de oreja a oreja, sin importar cómo hubiera transcurrido su día. No era política del bar en el que trabajaba, ni mucho menos, era parte de su sello personal y de lo que, como no podía ser menos, el joven se sentía muy orgulloso.
Pasaron un par de semanas y el malhumorado pero elegante señor no falló un solo día, de domingo a domingo, con su visita al bar. Así pudo ver que el sitio era frecuentado por un reducido pero constante grupo de personalidades de la ciudad y algunos extranjeros de los que podía deducirse fácilmente que contaban con un gran poder adquisitivo.
Un día cualquiera el malhumorado señor no acudió al bar. El mesero, si bien se extrañó, lo pasó como algo normal. Al otro día tampoco acudió y así, con esa ausencia ya notoria -por lo menos para el mesero de esta historia-, transcurrió una semana entera en el bar.
Camino al bar el lunes siguiente, más por impulso que por cualquier otra cosa, el mesero compró el periódico local y, tras pasar un par de páginas, se llevó una sorpresa que no dudó ni un segundo en correr a compartir con su jefe, el dueño del bar.
'La mejor esquina, para el mejor bar' fue el titular que sorprendió al mesero, más que por el titular en sí, por que la imagen que lo acompañaba era una foto del lugar en el cual él laboraba. Ya en compañía de su jefe, tras leer el artículo se dieron cuenta que, para sorpresa de ambos, se trataba realmente de una reseña a la que no le cabía un calificativo positivo más. Alegres, salieron a seguir atendiendo el bar, pero volvieron a sorprenderse cuando el señor, una vez más, tras una semana de ausencia, estaba ingresando al sitio.
El joven mesero no cambió el protocolo y se dispuso a atenderlo como siempre lo hizo desde el comienzo, pese a el evidente malhumor del señor. Esta vez, quien rompió con el protocolo, fue el elegante señor, que evitó que el joven se tomara las molestias de siempre. Luego, entonces, decidió contarle la razón de su ausencia la semana anterior.
"Mucho gusto, ahora sí, amable joven. Mi nombre es Albert, soy un crítico de recintos privados en la ciudad. No me lo está preguntando, pero la razón de mi ausencia la semana anterior la tiene ya en sus manos. Ese no es más que mi reconocimiento a su labor, esa misma que evidentemente cumple con tanto agrado todos los días y pase lo que pase, como yo mismo pude ya comprobarlo", le dijo al mesero.
Y usted -prosiguió, ahora hablándole al dueño del bar- trate de no dejarlo ir nunca, empleados como él, créame que sé por qué se lo digo, ya no se consiguen. "Valórele su esfuerzo, su dedicación y entrega por un buen servicio en su bar, pero más que nada, valore la sonrisa inquebrantable que tiene este joven mesero, por que esa sonrisa, se lo aseguro, va a llevar a su negocia a ser aún más próspero". Acto seguido, el crítico abandonó el lugar.
Desde entonces, gracias a la reseña, pero más que a ella a la sonrisa del mesero, tal y como lo predijo el crítico, el bar se convirtió en un lugar -ahora sí- para todo público y donde todos quieren estar. Tanto así que hoy para acudir al sitio hay que reservar un espacio con una semana de anticipación. Lo triste de esta historia fue la quiebra de algunos bares aledaños que no lograron reinventarse ante la disparada popularidad del bar donde sigue brillando, con más fuerza incluso, la sonrisa del mesero.

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