La hora del café
Liliana lo tenía muy claro: una vez su taza de café salía del horno, el tiempo empezaba a echar marcha atrás. Cuando la taza estaba finalmente sobre la mesa de la cocina, eran 15 los minutos que le quedaban para terminar de arreglarse y salir de casa, justo a tiempo, para llegar puntual a su trabajo. Y es que era ese mismo cuarto de hora el que demoraba el café en tomar la temperatura justa para que Liliana pudiera tomárselo sin problema y comenzar, ya recargada de energía, su jornada laboral.
Desde que la implementó, la estrategia jamás le falló. De ahí su confianza en ella. La hora del café siempre le resultó -como si de un reloj suizo se tratase- más que confiable. Entonces no necesitaba más que aquella taza de café para saber, con asombrosa precisión para algunos, cómo estaba de tiempo camino a su oficina.
Gracias a esa misma taza de café era que en casa de Liliana no había más que un viejo y pequeño reloj que le había heredado a su madre y esta, a su vez, a la abuela. El reloj, vaya extrañeza, estaba colgado en el cuarto útil. ¿Para qué algo como un reloj escondido en las paredes de un cuarto útil? Liliana jamás se lo preguntó, porque la hora de ella era la hora del café.
Pero regresando a la rutina de nuestra protagonista, ya en la oficina, Liliana disfrutaba, durante el día, de dos tazas más de café, estas sí preparadas en una prensa francesa que uno de sus amigos le regaló. Estas tazas, una vez más, le servían para calcular el tiempo de su jornada. A veces incluso la hora del café le servía, también con precisión, a sus compañeros de trabajo, que de vez en cuando y a modo de chiste, soltaban frases como: ''Ya está preparando la segunda taza, estamos cerca de salir". Esos comentarios, sin embargo, siempre tuvieron a Liliana sin cuidado.
Así transcurrían entonces los meses y Liliana, alejada de los tradicionales relojes, nunca se cansó de vivir entre tazas de café y con una despensa siempre aprovisionada de los mejores y más seleccionados granos de su energizante natural.
Cualquier día, esta cafetera por excelencia que nunca supo cuándo comenzó a llevar la hora de cuenta de su café matutino, comenzó su fin de semana -justo uno que coincidió con el fin de mes- más agotada de lo normal. Entonces, tras su jornada laboral, llegó a casa a dormir. Hasta ahí nada del otro mundo. El problema vendría ese domingo a altas horas de la noche, cuando recordó que ese fin de semana debía -y no lo hizo- aprovisionarse nuevamente de café. Aunque estuvo presa de los nervios por algunos minutos consiguió calmarse pensando: "¿Qué puede salir mal por la falta de café por un día?". Entonces se durmió.
Al otro día despertó naturalmente a la hora que solía hacerlo. Punto para mí, pensó, pero el problema para Liliana vino cuando de nuevo se enfrentó con su realidad, carente ese día del grano que guiaba sus segundos y minutos antes de ir a trabajar. Efectivamente, sin la hora del café y aunque quiso vencerlo, el tiempo fue más hábil que ella y la engañó haciendo que llegara, por primera vez, tarde a su oficina. Sorprendidos en su trabajo le preguntaron por el motivo de su significativa tardanza. Ella entonces, no tuvo más remedio que responder: "no conté con mi fórmula secreta, hoy no conté con la hora del café".

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