Mi blanco vicio
Su sonrisa era cautivadora. Una tarde en la que me armé de valor para mirarla fijamente a los ojos me bastó para descubrirlo. Ella seguro no lo había notado, bien sea por los afanes del día a día, porque nadie lo había detallado o sencillamente porque ni ella misma había sacado unos minutos para mirarse con detenimiento en el espejo.
Y no era solo cautivadora, su sonrisa era también deslumbrante. Sí, deslumbrante... deslumbrante de un lado al otro y sin la más mínima señal de opacidad. Es más, el brillo que irradiaba ella al sonreír, aunque fuera tímidamente, alcanzaba para comenzar a enceguecerme. No me culpen a mí, culpen sí a su sonrisa, esa que era entonces, en pocas palabras y sin miedo a caer en exageraciones, perfecta. Al menos para mí, y eso me bastaba.
Ella seguro no, pero desde el primer momento en que la aprecié yo sí estuve -y quizás aún lo estoy- convencido del poder transformador de su sonrisa. Bastaba ver esa cajita de interior blanco puro abrirse -insisto, aunque fuera un poco- para que mi actitud, e incluso mi día, cambiara, eso sí, siempre para bien.
No entendía cómo ocurría ese fenómeno, y la verdad, tampoco me interesaba entenderlo. Únicamente quería disfrutarlo y pedía al cielo para que nunca dejara de ocurrir. Es más, ahora que lo pienso así, verla sonreír se fue convirtiendo entonces, paulatinamente, en mi vicio, un vicio que recién hasta hoy identifico. Pero es que siéndoles sinceros, y con esta pregunta espero terminen por comprenderme, cómo pensar en catalogar a algo tan lindo como un vicio. Sin embargo, dejémoslo así y aceptémoslo, porque eso es lo preciso: su sonrisa es mi blanco vicio.

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