Fogata en la playa
La noche era fría y la fogata, a orillas de la playa, ardía. Sin embargo, allí estaba ella, falta de ese calor especial que llevaba años buscando y que, pese a esa constante búsqueda, aún no conseguía encontrar. En la tranquila oscuridad, con la única luz de aquella llama, sentada y mirando las estrellas que posaban sobre un tranquilo mar, de repente, escuchó el sonido de una gaita que inmediatamente le cautivó.
El impulso que sintió fue también inmediato, y por ello, no dudó en ponerse de pie y dejarlo todo allí. Fogata, silla, comida y un par de vasos... todo quedó, instantáneamente, en el olvido. Procurando determinar el origen de aquel melódico sonido de gaita, caminó en silencio y lentamente hacia el lugar del cual, creía, provenía el particular sonido que alteró, para bien, su silencio playero de aquella noche.
Paso a paso y metro a metro avanzado, oía cada vez más cerca suyo el sonido que le cautivó desde el inicio. Sabía, entonces, que estaba próxima a encontrarse con la persona que daba vida a aquella armoniosa melodía musical.
Cerrando los ojos por instantes, buscando seguramente un poco más de concentración para seguir en busca del lugar del cual provenía cada nota de gaita, siguió avanzando con determinación hasta que escuchó, casi en frente suyo, el sonido. Al sentirlo, abrió estruendosamente sus ojos y se encontró con que el músico que tocaba la gaita era un joven indígena, contemporáneo con ella, que pudo determinar había salido de una pequeña especie de selva que había a unos metros del lugar donde, minutos antes, se encontraba sentada.
Al verlo, le fue imposible evitar sonreír. Él, igualmente, no logró contenerse y le retribuyó la sonrisa. Todo iba, al parecer, por buen camino. Pero los ánimos de ambos decayeron cuando ella habló y él, luego de finalizar su tocada musical, dejó ver un gesto con el que ella rápidamente evidenció la existencia de una barrera idiomática que, pensó, acabaría por separarlos.
El idioma, contrario a lo que pensaron ambos en el momento, no acabó por evitarles el contacto. Él le estiró su mano y ella aceptó el saludo. De ahí, como si se conocieran de tiempo atrás, caminaron, en silencio, de regreso al lugar donde había quedado, a la deriva, la fogata que, para su sorpresa, seguía encendida, ahora con mayor fuerza, más luz y más calor.
Al estar de regreso en el lugar, de nuevo frente al mar y en medio de la fría noche, se sentaron ambos en la arena húmeda. Los minutos pasaban y, tomados de la mano, contemplaban el mar y escuchaban las pequeñas olas que chocaban con unas cuantas rocas que habían en la orilla.
De pronto él tomó de nuevo su gaita, la miró, sonrío y comenzó a tocar una nueva melodía. Ella, aunque no era la más amante de la música de la región, inmediatamente la reconoció y sonrío con más espontaneidad y fuerza que antes. No había duda, entre ellos, desde el principio, existió una conexión.
Un par de canciones más tarde, tanto él como ella, aún en silencio por la diferencia idiomática, volvieron a la realidad. Había llegado el momento de que cada uno tomara rumbo a su lugar de residencia: ella al hotel y él a su pequeño y poco conocido resguardo indígena. Sus rostros ahora no lucían muy alegres. Sin más remedio que volver y sin otro medio por el cual poder expresarse, ella, naturalmente, abrió sus manos y le ofreció un abrazo que acabó siendo un idioma común para que ellos despidieran la noche con un calor humano más intenso que el generado por aquella fogata en la playa.

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