El sueño de pedrito
Ese día pedrito estaba siendo verdaderamente feliz, estado en el que únicamente se le veía cuando se encontraba rodeado de temperas, con su delantal que parecía un arcoíris debido a las numerosas manchas y con uno, dos o hasta tres pinceles en su mano, todos de distintos tamaños, formas y texturas.
En el parque, al frente de su casa, los niños de su misma edad gritaban, jugaban con pelotas y con sus mascotas, mientras que las niñas se columpiaban, jugaban con muñecas, construían pequeños castillos de arena y se reían de cualquier sencillez que alguna de ellas decía o hacía.
De repente, su madre entró a la habitación y le pidió que se parara de la silla en la que había estado sentado toda la mañana pintando y que se fuera, por lo menos un rato, a respirar aire más puro en aquel parque. Él, desanimado, no tuvo más remedio que aceptar.
Tras bajar, con evidente aburrimiento, las 72 escaleras que finalmente lo pusieron de frente a un parque que para él no representaba mayor emoción, pedrito comenzó, lentamente y cabizbajo, a caminar en círculos entre árboles y juegos de hierro. Los adultos que allí estaban se limitaron a observarlo en silencio.
Luego de unos minutos rondando el parque casi como un pálido espanto, pedrito no aguantó más, y decidido, volvió a levantar su cabeza, miro a casa y corrió allí. De nuevo arriba, entró a su habitación y agarró sus materiales para ir al parque, como se lo había pedido mamá, pero esta vez a seguir pintando.
Nuevamente sonriente de oreja a oreja, instaló su mesa de trabajo bajo la sombra de un inmenso árbol -quizás el más viejo del parque- y comenzó a pintar, en total silencio, trazos que rápidamente fueron tomando forma hasta convertirse en una fiel copia de la postal de lo que esa mañana, en ese mismo parque, había visto.
Curioso, uno de los adultos que minutos antes lo había visto deambular por el parque en silencio, se acercó mirar qué estaba haciendo. Una vez de pie a espaldas de pedrito, el rostro de aquel extraño adulto evidenció una sorpresa mayúscula cuando vio lo que el pequeño había pintando. Su reacción, que no pasó desapercibida, motivó a los demás adultos a que también se acercaran. Tras ellos, llegaron los niños que aún quedaban en el parque.
Congregados todos alrededor del tímido pedrito y su espontánea y encantadora obra, comenzaron a aplaudirlo. En casa, al escuchar aquellos aplausos, la mamá de pedrito se asomó a la ventana y al ver la escena, sorprendida y llena de orgullo, bajó a abrazar a su pequeño artista, ese mismo que, sereno ante las muestras de admiración, se limitó a sonreir y a prometerse, en silencio como era su costumbre y a él mismo, que no descansaría hasta que sus obras lo llevaran de exposición en exposición por todo el mundo... A partir de ahí, ese fue el sueño de pedrito.

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