La cabaña Brechen
De niño, año a año, siempre fui a pasar mis vacaciones en la cabaña que mi familia tenía en una de las montañas del pueblo donde nacimos mi hermano y yo. Bueno, fui es un decir, pues en cada receso escolar mi madre me obligaba a acompañarlos a aquella cabaña alejada de la civilización a la que estaba tan acostumbrado, y claro, a dejar los amigos a los que les tenía tanto aprecio y con los que pasaba horas y horas jugando en las calles de la ciudad.
Aunque subir a esa cabaña cada fin de curso escolar era, por decirlo de alguna manera, un ritual familiar, nunca logré acostumbrarme a él. Año tras año hacía, acompañado por mi hermano, un berrinche con el que trataba de impedir, siempre sin éxito, que nos hicieran acudir a ese lugar, en el que únicamente comenzábamos a sentirnos un poco a gusto cuando se llegaba la hora de regresar. No me pregunten -a mi hermano tampoco- porqué, nunca lo entendimos.
Desde que la compró mi padre bautizó aquella cabaña como la cabaña 'Brechen', palabra que, traducida al español, significa descanso. Descanso, pensaba de niño, que solo tenían él y mi madre, porque insisto, ni mi hermano ni yo acabábamos por amañarnos allí, y estar encerrados en aquel lugar, nos parecía tiempo perdido.
Los años pasaron y la familia mantuvo ese ritual. Brechen nos saludaba y, a su manera, ubicada a poco más de tres horas del casco urbano de mi pueblo natal, nos acogía con su austeridad, pues no había más que dos columpios colgados en medio de dos árboles que obviamente llegaron allí primero que la misma cabaña. En aquellos columpios, mis hermano y yo buscábamos hacer que el tiempo pasara de manera menos tortuosa.
Cada que íbamos allí hacíamos compras -gas incluido- con las que estábamos seguros alcanzaríamos a pasar el tiempo que estuviéramos en aquella montaña. No había de otra, porque ni el agua potable llegaba a 'Brechen', un lujo -decía mi padre- que solo teníamos nosotros, y que hoy, unos diez años después de nuestra última visita allí, paradójicamente, mi hermano y yo extrañamos, pues en un época de dificultades económicas mi padre tuvo que venderla a un precio ínfimo respecto a su costo real, sentimental y monetariamente.
Hoy, aunque de pequeño nunca imaginé decir esto, ¡cómo extraño Brechen!

Comentarios
Publicar un comentario