Goles celestiales

Siempre, desde que era niño, escuché a mi madre decirle a papá que mi abuelo nunca tenía nada que ver con el fútbol, ni en lo más mínimo. No veía, leía o escuchaba una sola noticia que tuviera a la pecosa involucrada, y para colmo -diríamos muchos durante años-, nunca esperaba el fin de semana para ver un juego en vivo, no lo soportaba un segundo. No importaba si era un partido profesional o si simplemente eran solo dos niños -o hasta uno- pateando un balón en el vecindario, nada del fútbol lo animaba en lo absoluto.

Y aunque mi madre lo decía una y otra vez, mi padre nunca acababa por convencerse de que aquello fuera verdad. Mi padre nunca logró comprender cómo podía su suegro lograr semejante cosa, para él una absoluta hazaña -más que una remontada al minuto 90’- llena de heroísmo e imposible de repetir.

Pasaron los años y yo crecía, obviamente entre balones, jugadas, goles y partidos por todos lados, y mi abuelo se mantuvo firme, sin abandonar su postura; tanto que, de niño -y lo recuerdo muy bien- nunca logré convencerlo de que, por lo menos, me llevara a un parque o me acompañara al garaje de casa a patear la pelota.

Cuando mi abuelo murió a causa de un infarto fulminante, el mejor luto que pudimos guardarle, y lo decidimos de manera unánime, fue alejarnos por completo y por unos días, del fútbol. No se imaginan cuánto nos costó a papá y a mí, desde el pitazo inicial queríamos desfallecer. Sin embargo, lo logramos.

El tiempo pasó y cumplimos, con muchísimo esfuerzo, el particular luto pactado en memoria del abuelo. Pero algo especial sucedió durante la última noche de nuestro ayuno futbolero; el abuelo bajó de la cancha más alta -la del cielo- y nos transmitió a papá y a mí, sin nosotros saberlo hasta la mañana siguiente, el mismo mensaje.

“Gracias por el hermoso gesto que tuviste conmigo, fue enorme, tanto como el mejor jugador en el que puedas pensar. Y mira qué curiosidad, estando acá acabé cediendo a tu pasión, algo que no hice en vida. Sí, ahora disfruto el fútbol, voy a la tribuna con mi pase de socio angelical e incluso, de vez en cuando, cuando me invitan, entro a la cancha y juego un poco. Me dejé seducir por los goles celestiales”, nos contó.

Al otro día, me levanté un poco dudoso y pensaba si debía contarle a mamá y papá lo que había soñado y aquel mensaje del abuelo. Finalmente lo hice. La cara de ellos una vez finalizado mi relato, me confundió aún más. Pregunté qué sucedía y, tras la respuesta, de la confusión pasé a la sorpresa, cuando me enteré que papá había recibido el mismo mensaje.

Así, los goles celestiales, de alguna manera, habían llegado a la tierra y estuvimos -aún hoy a veces lo estamos al recordarlo- mucho tiempo felices de que el abuelo hubiera, por fin, gozado del fútbol.

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