El problema de María


María nunca estaba a gusto consigo misma. Aunque por la noche hiciera de todo para levantarse al otro día segura de su ser, cada mañana, al mirarse al espejo como primer acto tras abrir los ojos, tenía algo que reprocharse. Lo peor, era que ni ella misma comprendía porqué siempre se encontraba algo malo.

Si un día admiraba sus ojos, criticaba su cuerpo. Si al ponerse de pie se veía linda su figura, no  le agradaba su cabello. Si despertaba y sonreía con brillo propio, no conseguía sentirse cómoda con la ropa que quisiera ponerse. Y así pasaba, día a día, sintiéndose insatisfecha con ella.

Papá y mamá, al parecer, notaban que algo le sucedía a su pequeña. Sin embargo, nunca le preguntaron qué pasaba. Son cosas de niñas, se decían, buscando un consuelo que los tranquilizara, aunque sabían que algo no estaba del todo bien.

Pasaron algunas semanas -ni la pequeña María supo cuántas- y llegó el día del regreso a clases. Como era su costumbre, se despertó minutos antes de que sonara la alarma. Aburrida, se puso de pie y caminó a aquel tortuoso espejo. Una vez frente a él, de la nada, le llegó una idea y decidió peinarse hacia la izquierda, lado contrario al que acostumbraba a hacerlo.

Con su uniforme y maleta lista, bajó a la mesa, desayunó, se cepilló y, tras algunos minutos sentada en la banca de afuera de su casa, abordó el transporte al colegio. La jornada transcurrió sin mayor novedad para ella, abrumada aún en su sin razón hasta el final de las clases.

A las doce del mediodía sonó el timbre que marcaba el momento de regresar a casa y los niños corrieron fuera de la escuela. Todos, menos María, que no lucía muy alegre por tener que volver. Desde atrás, para su sorpresa, caminó, hasta ponerse a su lado, Carlitos, el más tímido de su curso, quien sin rodeo y con una rara elocuencia en él, le hizo saber que había notado el pequeño cambio en su peinado y le hizo un pequeño halago al respecto.

Ese halago, aunque pequeño como el mismo Carlitos, acabó siendo todo lo que María llevaba semanas buscando en casa y resultó ser el mejor antídoto para el problema de María, que a partir de allí difícilmente volvió a dudar de ella misma.

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