El periódico del abuelo
El periódico parecía ser el mismo todos los días, o al menos eso decía el abuelo. Acostumbrado a leer las noticias como primer acto en su día a día, eso sí, siempre acompañado por un café medio caliente en una taza de su exclusivo uso. Y todos los días decía la misma frase: -En qué lugar vivimos. Acá nunca sucede nada interesante-.
Entonces, mientras todos los días, a eso de las siete u ocho de la mañana, se repetía ese acto, yo solía preguntarme qué sentido tenía verdaderamente para el abuelo leer el periódico todos los días, casi como un acto sagrado. Pero, con mi madre desconociendo el motivo, nunca me atreví a preguntárselo a él directamente. El abuelo era más bien frío, de pocas palabras, un poco cascarrabias si se quiere y no le gustaba, para nada, que le interrumpieran su sagrado acto de lectura.
Una sola taza de café a medio hervir en su vajilla le bastaba para sobrellevar las dos horas que destinaba a la juiciosa lectura. Lectura juiciosa en todo el sentido, porque no se saltaba, literalmente, ni una coma. Es más, por muchos años y sin miedo a exagerar, creí que hasta los avisos clasificados los leía. Y hoy aún lo creo. Sí... tampoco se lo pregunté nunca. Como les digo, el viejo era un poco cascarrabias y prefería, por sugerencia constante de mi madre, tenerlo de buen humor.
Con el periódico del abuelo, viví mi infancia. Durante esa época, siempre que yo me disponía a ir a la escuela, él estaba leyendo y únicamente solía medio espabilar cuando me despedía de él a lo lejos, antes de subirme al autobús que me llevaba a mi jornada escolar, por un camino a lo largo del cual seguía pensando en el periódico del abuelo.
Con el periódico del abuelo, viví también mi adolescencia y juventud. Con una educación que me permitía levantarme temprano con facilidad, en la universidad estudié por la mañana. Fueron otros cinco, seis o siete años -no recuerdo ya muy bien cuántos- en los que antes de salir de casa, vi al abuelo fijamente concentrado en el periódico, el mismo al que estuvo suscrito por más de 50 años.
Meses antes de terminar mis estudios de universidad, el abuelo cayó en una enfermedad y nos dejó. Nunca conseguí, como era de esperarse, llenar ese vacío, pues, aunque silencioso y concentrado en sus lecturas, todos los días estaba allí antes de yo salir de casa. Para mí consuelo queda que día a día, hasta su partida, me despedí de él antes de ir a cualquier lado. No me importaba si iba tarde o no, unos segundos de más no cambiarían mucho las cosas.
Hoy, graduado con honores en memoria de mi abuelo y como una promesa hecha, más que a mí mismo, a su eterno descanso, lo veo en todo lado y, vaya donde vaya, siento siempre su compañía. Sobretodo cuando veo un periódico cerca. No importa cuál sea, siempre lo veo como el periódico del abuelo y recuerdo esa frase de ''¿En qué lugar vivimos?" Frase que, ahora que lo pienso, quedó para él sin respuesta.

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