Noche de insomnio

El tic tac del reloj suena sobre mi cabeza. Son las dos en punto de la mañana y yo, entre pequeñas sonrisas esbozadas por recuerdos gratos y constantes suspiros a los que no le encuentro explicación, dando vueltas de un lado a otro en mi cama y moviendo mis brazos sin saber qué hacer con ellos, intento conciliar un poco el sueño o, por los menos, hacer que la noche no me parezca tan larga.
La hora es el reflejo de mi insomnio y acudo a mirarla constantemente, pero el tiempo pasa muchos más lento de lo que puedo estar deseándolo en el momento. Tras unos minutos en silencio, escuchando el tic tac del reloj y algunos carros y motos que se oyen un poco más lejos de mi habitación, el sueño, ni se avizora en mi cuerpo y sigo tan despierto como un par de horas atrás, cuando decidí recostarme en mi cama sabiendo que, una noche más, me costaría descansar.
Claramente, la situación no es nueva para mí. Ya son varias las noches, muchas veces consecutivas, en las que, sin conocer la razón, mi cuerpo, antes que descansar, prefiere, en muchos instantes, por medio de mi mente, recordar eventos de días e inclusos meses atrás. A esto tampoco le encuentro razón, pero poco o nada puedo hacer para evitarlo y no me queda más que conformarme y aceptar la memoria que quiero hacer de esos eventos ya pasados.
Los minutos sigue transcurriendo y, como de la nada, sobre las 3:40 a.m. los síntomas de sueño van llegando a mí: lo ojos comienzan a pesarme y uno que otro bostezo empieza a decirme que, para mi tranquilidad, en minutos podría estar descansando de un día que, en medio de su agite, transcurrió normal, común y corriente, como uno más. Me volteo, suelto el móvil, miro la hora -pensando que muy seguramente sea la última vez que lo haga en la noche de insomnio de turno- y me dispongo a descansar, anhelando que la noche, o lo que queda de ella, sea suficiente para levantarme al otro día curado de esto, de lo que fue, una vez más, la crónica de una noche de insomnio.
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